Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2008/11/28

DIOSES: idealizando a partir de nuestras carencias


Todavía recuerdo la larga cola que tuve que hacer un fin de semana perdido en el tiempo para poder adquirir un boleto para Días de Santiago, la primera película de Josué Méndez. Mi siempre vigente ingenuidad afloró una vez más y me hizo creer que la gente quería apostar por el cine peruano. Me equivoqué: todos terminaron dirigiéndose a la sala en donde estrenaban La Terminal, filme en donde el rol principal corría a cargo del multipremiado Tom Hanks.
Fuimos muy pocos –con los dedos de las manos me alcanzó para contarlos– los que degustamos de aquella película que lanzó a la fama a Pietro Sibille y le dio un espaldarazo al joven cineasta limeño (que escribió el guión de Dioses gracias a Cinefondation, el programa residencial del Festival de Cine de Cannes). Todavía puedo sentir el vértigo de las escenas finales y la turbación con la que regresé apresurado a mi casa tomando notas mentales, tratando de comprender o imaginar lo que le pasaría a Santiago, y, a través de él, de lo que le pasaría a mi país. Tarea equívoca, si es que no estúpida como mi desbordada empatía con las paranoias y el franco proceso autodestructivo del personaje central.
Y ahora, por fin llegó Dioses. O digo mejor: llegaron “los” Dioses. Los Dioses de Asia, el rincón elitista del verano limeño… para presentar una historia incestuosa en donde Diego, el hermano menor (Sergio Gjurinovic), desea a Andrea, su propia hermana (Anahí de Cárdenas). Este vendría a ser el gatillo del segundo largometraje de Méndez que me trae a la cabeza el también segundo capítulo de La tía Julia y el escribidor que aborda una historia que tiene el mismo germen y termina con esa pregunta ensamblada por el morbo que carcome al fisgón (sea lector o cinéfilo): ¿estallaría el escándalo o un pudoroso velo de disimulación y orgullo pisoteado ocultaría para siempre esa tragedia?
La tentativa de Josué Méndez de mostrar cómo es la clase alta peruana podría ser fallida o hasta cierto punto maniquea, sobre todo cuando él, generalizando, le lanza adjetivos que calzan en el lugar común: "patética, vacía e ignorante". La película seguramente no muestra cómo es la clase alta peruana, lo que sí hace es componer una efectiva historia que se enmarca dentro de la burguesía más privilegiada del país. Ahí es donde uno se ve doblegado por sentimientos contrapuestos: asco y atracción. Porque es una historia que habla del poder, de las garantías y anchos espacios que cubre (y que nunca cubrirá) el dinero. Y, creo que a todos, el poder nos produce sensaciones dispares: la crítica y la fascinación, en donde sí acierta Méndez cuando él mismo se confiesa: "Yo sin venir de clase alta acabé en ese colegio y me crié con esos chicos privilegiados, lo que me hizo crecer con contradicciones. Por un lado criticándolos y por otro fascinado por sus vidas".
Hay dosis de crítica y, por otro lado, rendidas muestras de fascinación de la que todos somos partícipes. Vemos, por ejemplo, cómo Agustín, un prototípico pituco limeño (Edgar Saba), se enamora de Elisa, una chola de la clase baja que oculta sus raíces (rotunda y sensual Maricielo Effio). Y es Elisa quien acaudala nuestra fascinación por ese mundo de ostentación y abundancia: cuando ensaya, frente al espejo, la pose, la forma de hablar de las pitucas. Cuando juega a jugar y procura recrear su personaje en la intimidad, nos vemos ante un juego de espejos en donde la impostura es el escape a los complejos y miserias del que se siente inferior. Pero luego vemos que los espejos no sólo acusan al pobre lo hacen, a su vez, con el rico. Diego también empezará a actuar, fingir, hacer como que no pasa nada, todo anda bien: el chico que se templó de su hermana no está más, desapareció o se esconde detrás de una falsa sonrisa. Pero el espejo es igual para todos. Al final, no importa ser cholo o gringo, tener plata o ser un misio: todos somos iguales frente al espejo: uno solo no puede escapar ante sus miserias y secretos más inconfesables. Ante el espejo, en resumidas cuentas, se refleja ese juez incorruptible que es la conciencia.
La pesadillas de la pobre Elisa conmueven y nos señalan a todos, como lo hace, pero de una manera indeseable, la típica escena del chico bien que, llevado por las trepidantes hormonas, toquetea a la empleada (en estos casos, la platea siempre termina celebrando la ‘picardía’ del muchacho, cosa que nos denuncia como alegres cómplices de este espanto que es pan de cada día en el Perú).
La servidumbre encuentra en su lengua nativa (el quechua) su propio reducto para poder manifestar sin temores su sentir –sus críticas furtivas– frente al patrón, el amo que si no duerme, bebe y si no bebe, duerme.
Hay un también en Dioses una actualización de la temática de No se lo digas a nadie que, en palabras de Mario Vargas Llosa, describe con desenvoltura y desde dentro la filosofía desencantada, nihilista y sensual de la nueva (de)generación.
A Andrea tanta sensualidad y nihilismo no le hizo mucho bien. Termina embarazada. ¿De su hermano? No. ¿De quién? De todos: es decir, de nadie. Abortar ya no es la salida, ha pasado mucho tiempo. No queda otra cosa que hablar de ‘esa nota’ con su progenitor, que lo decide de un tiro: ella se irá del país por un buen tiempo y tendrá a la criatura que luego él mismo reconocerá con la complicidad de Elisa, quien aceptará ser parte fundamental de la mentira: la falsa maternidad tiene un precio, el ansiado matrimonio. El viejo manda a la hija a Miami y ella, inquietada por la incertidumbre que se cierne sobre su vida le pregunta: ¿Cómo voy a vivir allá? La respuesta del padre es terminante: igual que acá.
Luego vemos al abuelo en una postal irreprochable de la clasa alta capitalina: él, solo, en su espaciosa casa de playa, con el vaso de whisky, perdiendo la mirada en el horizonte, allá donde el mar y el cielo se encuentran mientras la tarde se alimenta de sus deseos y carencias. Aparece la servidumbre, la empleada que lo escucha en silencio sin asentir ni disentir, simplemente cumpliendo su misión: recibir órdenes sin opinar. El abuelo imaginando el futuro del nieto mientras su hijo, confuso y angustiado, huye de casa y se va a El Agustino, para refugiarse en el hogar de una de sus sirvientas, encontrándose cara a cara con su propio país, con esa cosa molesta que no le mostraron porque enferma, abruma: la pobreza. Talvez eso lo sensibilizó, como comentará después una vieja pituca al saber que piensa estudiar letras o sociología… Y hay mucha sociología cuando vemos a Elisa volver a casa, su barrio populoso, su esquina, a contarle a su gente que se casa en París para sorpresa de todos. Su madre intuye algo pero comparte la alegría de su hija. Le pide que le cuente la buena nueva a la abuela. Elisa sube las gradas y entra al cuarto de su abuela: la encuentra durmiendo en medio de su miseria, Elisa la arropa con su silencio y una lástima extraña, peligrosa. La abuela durmiendo es una metáfora de ese Perú que duerme, sueña, pero no ve el progreso del que muchos hablan, está de espaldas a la realidad de los Dioses.
Dioses habla del poder y de cómo combatimos su ausencia para acariciarlo o acercarnos un poco más, hasta donde podamos (o hasta donde nos deje la policía). Habla de los ricos y los pobres, habla de las carencias de todos. Por eso Agustín piensa al nieto distinto a los hijos que no son más que proyectos fallidos (una madre prematura y un futuro sociólogo), dos vidas desperdiciadas. El nieto, en su imaginación, será distinto: lo piensa ingeniero metalúrgico. Hasta lo bautiza, idealizando hasta el infinito: Gianluca, le llama y ya lo ve al mando de alguna fundición mientras su propia vida –que él cree ordenada y exitosa– se le escapa de las manos, va a la deriva. Talvez de eso están hechos los Dioses: pantallas, ensueños, apariencias… carencias y nada más.



2008/11/27

RIVOTRIL


¿Dónde? ¿Dónde?
Psicosis,
alteración de la conducta,
espasmos musculares y abdominales,
somnolencia y apa... ¿Qué es eso?
¿Afonía? Apariencia de mirada fija,
mirada fija mirada fija,
Seguimos...
temblor, vértigo, depresión,
disminución de la libido
intento de suicidio... ¡PELIGRO!
Conducta agresiva,
irritabilidad ta-ta-ta-ta
me encanta...
Falomín de farmacia
disminución de la libido
¡menos mal!
intento de suicidio, conducta agresiva
¡PESADILLAS!
sueños tímidos, ¿sueños tímidos o vividos?
o pesadillas…
Ay, sí, no lo puedo aguantar, la bocina
de los coches por la mañana
Palpitaciones, anorexia, diarrea
nauseas
pérdida o aumento de peso
y...finalmente
¡COMA!
¡COMA! ¡A MI ME PIDEN QUE COMA?
verde tierra...
estado de coma de verdad
¿entendés?
tenemos hoy conducta agresiva
"MANTENGASE FUERA DEL ALCANCE DE LOS NIÑOS"
entre comillas... ¡Qué ironía!
pesadillas, sueño…
¿Sabes qué es?
Es la información que trae la cajita del ‘Rivo’ 2
La droga legal que te gusta a vos
pasta de debate, si querés, matate con tu droga legal
¡Matate!
¡Coma! Es legal, no como la falopa, es legal, linda, ¡relegal!
Un mundo hostil donde es legal el rivotril
Clonazepam...
Para el turco: 50 mil millones, y para nosotros: el puto “qué dirán”
Shshshshs…
La mierda del “qué dirán”... Clonazepan, Rivotril
Pan para muchos, consuelo de miseria de todo berreta
de mentiras antidepresivas, la ciencia de la decadencia
Esta droga legal es peor que la mía
pero nada puede dimensionar mis canciones en Argentina
¡que también termina con “ina”!
¡qué ironía...con “ina”!
En argentina hay demasiados boludos, pero montones de hijos de puta
un par de cositas mas:
prefiero mi ruta
me lleva donde y como yo quiero
no termina con “ina” pero es barata
quiero curtir mi cuero
que la cama coma de tu hospital
careta, animal
berreta social
no sé si lo dije claro
como el clonazepan
la mierda no termina con “ina”, pero es barata
y 40 millones de boludos no se pueden equivocar
la mierda no termina con “ina” pero es legal, pero es barata
ahí tenés tu droga legal
es la receta del clonazepan
un mundo hostil con el rivotril.


RIVOTRIL, Andrés Calamaro

2008/11/19

Vacíos

No alcanzaba a reconocer esa avenida. Los colores de la noche se habían alimentado con mis desvaríos. Alcancé la puerta de una farmacia y pedí un tranquilizante. Me armé de valor y proseguí mi marcha viéndome asediado de gente que me reconocía.

Algún día encontraría la fachada del maldito teatro. El teatro de mi vida. Donde perdí la cordura de a pocos... mientras las boleterías se iban quedando vacías.

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Imagen: Retrato del doctor Gachet (Van Gogh)

2008/11/17

¿Por qué se entregó Rómulo León?


Alan García dice que lo de los petroaudios es un simple escandalete. ¡Todo un pelmazo! Él sabe muy bien que si uno quiere ponerle nombre a todo este desmadre, “Nido de ratas” sería la opción más pertinente. Y al parecer las ratas eligen –siguen eligiendo– el número 13 para realizar sus nuevos “faenones”. El Apra, como en los toros de Acho, tiene tardes de muy buenas faenas en donde el astado, el que siempre pierde, es el país, la gente que en una tarde afiebrada de decisiones desesperadas los puso en el poder creyendo que eran “el cambio responsable”. ¿Por qué se entregó León? ¿Quién ‘arregló’ su situación? ¿A quiénes ‘aceitó’ o ‘ablandó’ durante estos días? ¿Al propio presidente? Eso sólo lo saben el propio Rómulo, sus hijitos (énfasis en la actoral Luciana) y la cúpula del partido aprista. Aun así, nos siguen despertando mucha curiosidad los entresijos de esta historia truculenta que, salpicada de verdades y mentiras, no es otra cosa que la historia oficial del Perú… la que casi nunca llega a los libros de Historia que leen nuestros escolares.
No hay que ser muy malpensados para saber que esta larga espera, de más de un mes, es el resultado de un arreglo por debajo de la mesa. Es muy claro Augusto Álvarez Rodrich al afirmar que la entrega de León “es clave para identificar a los responsables del intento de establecer un red mafiosa en el país. Ojalá, nomás, que los 38 días que demoró en hacerlo no obedezcan a alguna negociación turbia”. Por otro lado Hildebrandt sabe (y saben los pesos pesados del Apra): León no hablará, “pero, si por alguna razón, hablara, el terremoto de Pisco quedaría como una leve sacudida. El problema de este gobierno no es Canaán ni es León. El problema de este gobierno es que un amplio sector del Apra ha vuelto a las andadas. Y con el doctor García a la cabeza”.
Estamos ante una puesta en escena planificada sin apresuramientos desde la cima del poder –la verdadera red mafiosa–, todo muy bien orquestado, no hay roles principales ni tampoco secundarios: insistimos en un nido de ratas que sólo se lanzarán del barco cuando éste se empiece a hundir (“el efecto Titanic”) o cuando el 2011 les diga: ¡basta a la porquería! Cuando creemos que nuestros gobernantes no pueden ser más corruptos, la realidad nos desmiente con un cabezazo en la sien. Creímos (o jugamos a creer) que los vladivideos eran el punto de partida, porque ya no se podía descender más. La vieja escuela aprista se viene con la fuerza de un tornado. Rómulo León, digámoslo sin dudarlo, es un peón más que toda esta caterva de ladrones que no van a parar la mano. Lo sabe García, lo sabe Hildebrandt, lo sabemos todos. Lo que no ignoramos es en dónde vamos a terminar…
Hoy más que nunca uno puede estar orgulloso de su memoria. Mi memoria me impidió votar por Alan García. Sabía que llevar otra vez a ese sujeto a Palacio de Gobierno sería el tiro de gracia para nuestra moribunda dignidad nacional. Estaba convencido de que si García volvía a alzarse como presidente del Perú nuestra bandera quedaría percudida para siempre y no habría “lavado de bandera” o revuelta popular que nos la devuelva. Porque no hay desvarío peor que el desvarío de la memoria. Juan Pablo Castel, aquel mítico personaje de Sábato, sabía muy bien de desvaríos. De esos desvaríos que atenazan al peruano de a pie, a todos aquellos compatriotas para quienes la democracia es una palabra inasible, para aquellos a quienes el presente (democrático) es tan horrible como el pasado, para quienes por suerte todavía recuerdan tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones… porque la memoria es, para nosotros los peruanos, como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza. Porque los cínicos y crueles como Fujimori, Montesinos y García sólo nos deben servir para documentar nuestro pasado tenebroso. Para que se pudran juntos en el sórdido museo de la vergüenza. Y para acudir a ellos cada vez que la memoria lo requiera tanto o más que el día de mañana, cuando Rómulo León resulte siendo un niño de teta al lado de otros (sus jefes, sus primos, sus progenitores y hermanos políticos… aquéllos con quienes maquinó esta farsa que es su entrega).
Desde el 28 de julio del 2006 no entono el Himno de mi país. No lo haré hasta que todos ellos se vayan, ¡ojalá para siempre!

Orlando Mazeyra Guillén
Publicado en El Pueblo, hoy

2008/11/14

PULP FICTION (o cómo hacer una película)



Antes de llegar a esta película, todavía no había visto absolutamente nada de Tarantino. La conseguí porque, en 1994, la habían premiado con la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Pulp fiction (traducida como Tiempos Violentos y que compitió con Forrest Gump por la mejor película del año en los premios Oscar), es un filme que sacude, pero no por estar impregnado de la violencia que anima a su título en español, sino porque los guionistas (Quentin Tarantino y Roger Avary) dan una clase magistral de cómo contar una historia o, digo mejor, cómo contarla cinematográficamente, explotando al máximo el libreto, con esos giros y saltos espacio-temporales que lo dejan a uno estupefacto (presa de sus propios flashbacks coyunturales).
Todo comienza y termina en el mismo lugar: una típica cafetería de cualquier bodrio taquillero yanqui. Suena aburrido. Nada que ver. La película funciona como una caja china, un gran contenedor de un trío de historias que se cruzan y descruzan (pero que también pueden ser vistas como películas independientes y en el orden que a uno mejor le plazca): “Vincent Vega (John Travolta) y la esposa de Marsellus Wallace (Uma Thurman)”, “El reloj de oro (Bruce Willis)” y “La situación con Bonnie (en esta parte –y como suele ocurrir en sus filmes– actúa el propio Tarantino, como esposo de Bonnie, una enfermera que no aguanta pulgas)”.
Párrafo aparte para un inolvidable y escéptico John Travolta que hace las veces de un gánster regordete y de un bailarín superdotado: la escena en donde baila descalzo con una impensada y exótica Uma Thurman es tan lograda –por algo los terminan premiando– que uno no se cansa de repetirla una y otra vez… hasta malograr el DVD (pirata) ajeno.
No podría elaborar un argumento digno, lo único que se intento alcanzar en estas breves líneas es un deseo de disfrute pleno y envolvente para aquél que todavía no haya tenido la suerte de haberla visto. Y los que ya la vieron, saben que –como casi siempre y en lo que más nos seduce– con una sola vez no basta. Además, que después de oír a Samuel L. Jackson predicando, en más de una oportunidad y con arma en mano, un fragmento bíblico inventado (o enriquecido por el talento del genial Tarantino), uno deja de ser el mismo:

El camino del hombre recto está por todos lados rodeado por las injusticias de los egoístas y la tiranía de los hombres malos. Bendito sea aquel pastor que, en nombre de la caridad y de la buena voluntad, saque a los débiles del valle de la oscuridad, pues ése es el verdadero guardián de su hermano y el descubridor de los niños perdidos. Y os aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquéllos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos. Y tú sabrás que mi nombre es Yavéh, cuando caiga mi venganza sobre ti”.
Los enemigos de los baños de sangre, de los disparos indeseados, las sodomizaciones más salvajes y hasta del la eficiencia del Señor Lobo (experto en resolver problemas), mejor cierren los ojos para obviar el sadismo y disfruten de una banda sonora que se resume en una palabra: ¡FORMIDABLE!

Orlando Mazeyra
Noviembre del 2008

2008/11/10

Zavalita deambula por Arequipa


"Si Alan vuelve… ¡viva Fujimori!"
(Graffiti de un baño público de Camaná, año 2001)
Es lunes por la mañana y el veranillo asoma por Arequipa. Te paras frente al puesto de periódicos y, luego de una fugaz revisión del acontecer noticioso, presientes que la rabia es cuento viejo –anodino y cansado de ser viejo–, y la desesperanza un eco sempiterno que castiga miradas y atropella sin querer queriendo como las combis asesinas. La corrupción corre tanto como la "C"... y como las malas noticias. No dormiste bien, Zavalita, pues no podrás negar que sigues teniendo pesadillas con los ‘petroaudios’, ¿verdad?
Mientras tomas la combi, piensas: ¿Y acá, al pie del Misti, pasa lo mismo? ¿La misma porquería? ¿Igualito que en Lima? Sí, Zavalita, en todo lo malo y nauseabundo sabemos competir, palmo a palmo, con la Ciudad de los Reyes (de la corruptela): el Perú estropeado, Arequipa estragada, la estrella del Apra seguía siendo la misma patraña, sólo que ahora edulcorada con aires modernistas, inéditos perros del hortelano, otorongos de la vieja escuela y arribistas con carné vitalicio que ponen los negocios a nombre de la empleada, el chofer o el mozo. ¡Para eso sí somos pilas, Zavalita! Y que Víctor Raúl se revuelque en su tumba y que los cholos no se quejen, porque la servidumbre ahora tiene nuevas plazas laborales: se buscan testaferros para ejercer la rapiña sin miramientos.
Nadie quiere cruzarse de brazos, Zavalita, pero, ¿qué quedaba por hacer? ¿Esperar hasta el 2011 para otra vez empezar desde cero? ¿Descubrir en el camino a los nuevos oportunistas? ¿Keikos y Kenjis o, acaso, Antauros y Ollantas? ¿Queremos, en un futuro próximo, ver desfilar a esas hediondas comparsas de majaderos y sobones como Carlos Raffo o algo de peor estofa como su propio jefe?
El Apra no era un partido, era una peste, Zavalita. La coartada perfecta para decir "quiero cambiar a mi país" cuando la verdad era que sólo querías cambiar el ancho de tu billetera. Pero, ¿y los demás partidos? ¿En dónde estaba la oposición, caramba? ¿Y en dónde estabas tú? ¿Escribiendo? Ojalá escribiendo algo que valga pena… y no andes escribiendo hasta el culo (como ahoritititita, Zavalita).
Y Vargas Llosa afirmando que "el Perú es el país que se jode cada día"; y miríadas de gentes atestando las embajadas de Estados Unidos, España y un largo etcétera que da vuelta a todo el planeta; y por un momento recuerdas el estado de emergencia en Tacna y, hace no mucho, los delirios mesiánicos del presidente regional de Puno que quiere separarse de la patria… y tú, Zavalita, mudo testigo de tanto zafarrancho, impotente y aburrido. Ya no buscas trabajo, ni siquiera intentas conseguirte otro país o una nueva ideología. Ya nada de eso vale la pena: sólo quieres esconderte de tanta porquería, ¿no es cierto? "El que puede, puede… y el que no puede, aplaude", murmura alguien por ahí. Seguramente está leyendo un diario. Y, sin saber por qué, recuerdas con rubor que hace una punta de años viste ese graffiti en un baño de Camaná: "Si Alan vuelve… ¡viva Fujimori!".
Talvez eso era, así se resumía el Perú: una mentira verdadera. Algunos le llaman doble moral, Zavalita.

2008/11/07

Yo creo en EL PADRINO


"Yo creo en América". Con esta sentencia –que todavía resuena en mi mente y, de pronto, se aleja lentamente como la cámara que enfoca su abatido rostro–, el enterrador Bonasera da inicio a, quizá, el film más fascinante de todos los tiempos.
El Padrino (The Godfather, 1972) de Francis Ford Coppola, película basada en la novela homónima de su compatriota Mario Puzo, es una obra total, tan redonda y lograda que linda esa sobrehumana perfección que nos deja sin palabras, pero, eso sí, con un tumulto de inquietantes ideas confundidas con sensaciones nuevas. Si escritores como Tolstói, García Márquez o Grass, han sido capaces de elaborar ficciones totales –esas que, como La Guerra y la paz, Cien años de soledad, El tambor de hojalata , consuman el deicidio del que nos habla, y quiere a su vez alcanzar, Vargas Llosa a través de toda su prolífica obra–, pues hay, también, cineastas que han llegado a esa meta.
"Yo creo en El Padrino", aclaro sin esperar mucho, en mi calidad de cinéfilo en ciernes; y, antes de creer en él, lo siento no sólo como padrino, sino en su diversidad de formas y contrastes: como padre, esposo, amigo, o simplemente como el abuelo que jugando con su nieto encontró la muerte más feliz del mundo.
Marlon Brando le dio vida a un personaje apoteósico, complejo, pero ante todo, descarnadamente humano. Anteriormente, ya había sacudido y deslumbrado (¿alumbrado?) mi extraña adolescencia con la –en ese momento, para mí– cataclísmica escena de la mantequilla en El último tango de Paris de Bernardo Bertolucci (que, cronológicamente, apareció un año después pero que yo vi primero).
Aunque, si bien es cierto que Don Corleone (Marlon Brando) es el personaje más formidable de la película, los demás no se quedan atrás (pues hasta parecen competir, palmo a palmo, con él, a través de las más de tres horas del largometraje). Sobre todo Michael Corleone, encarnado con inobjetable solvencia por Al Pacino, quien, a través de sus fisuras y virajes existenciales, nos agobia y embelesa en simultáneo, para dejarnos, al final, un mensaje aterradoramente convincente: no somos uno, somos muchos, y es por eso que nunca terminaremos de conocernos, ni de comprendernos en el fuero más íntimo. Michael, el sensible y correcto Michael, laureado héroe de guerra, renuncia a ser otro vulgar "personajillo" más, y se convierte en un sucesor que está a la altura de las siniestras coyunturas familiares.
Para intentar entender el giro azaroso que da la vida de Michael Corleone uno puede recurrir a Camus (pero, como es obvio, no bastará): " Entre la certidumbre que tengo de mi existencia y el contenido que trato de dar a esta seguridad hay un foso que nunca se llenará. Seré siempre extraño a mí mismo. En psicología, como en lógica, hay verdades pero no verdad ".
Es un largometraje incombustible, con verdades pero sin verdad. Es por eso que guardo la tranquila certeza de que nunca llegaré a vislumbar todos los mensajes (visibles o cifrados) que en cada escena nos dejan Don Corleone, Michael, Sonny, Fredo, Carlo, Tezzio, Tom Hagen, Clemenza y un largo etcétera que termina en la escena final pero se que alarga hasta perderse en mi propia experiencia vital.
Más de una vez he intentado detenerme en cada uno de los vericuetos y resquicios de esta película para estudiarlos con lupa, pero caí en la cuenta de que mi labor era tan inútil y arriesgada como el describir al más caótico de los fractales utilizando términos geométricos tradicionales: ¿quién de todos ellos fue más perverso y quién más humano?
Confieso que he esperado, casi sin querer, hasta los veintiséis años de mi vida para poder enfrentarme a una película que me la ha cambiado por completo, cosa que agradezco con fervor. No me arrepiento de haber aplazado por tanto tiempo mi cita con esta joya artística. Es cierto, ya estoy casi peinando alguna cana; pero es una buena edad para poder aceptar la muerte de Vito Antolini, quien, en el transcurso del filme, fue mi padre… y lo seguirá siendo hasta la última de todas mis muertes.
La muerte de Don Corleone fue también la mía. Y fue, además, una experiencia edificante y altamente recomendable, porque en medio de mi confusión y desasosiego de solitario espectador atribulado, supo dar paso a la más clamorosa resurrección que yo encontré de inmediato en Michael: el relevo perfecto, la singularidad máxima o la vuelta de tuerca precisa. Sé que estas palabras resultarán inútiles e innecesarias, pero, a partir de El Padrino, Francis Ford Coppola, Marlon Brando y Al Pacino se convirtieron en mis ilustres compañeros de ruta.
En fin, a El Padrino le debo algo tan brutalmente genuino que expresarlo en palabras a estas alturas ya me resulta inaceptable, casi un insulto de esos que crispan hasta al ser más manso de la comarca. Y es que el calibre de la deuda que he adquirido al ver esta película es tan visible y a la vez tan recóndito que no se puede asir ni mucho menos avizorar: sólo sentir, sólo espectar. Si alguna vez intento saldar esta deuda pendiente no haré otra que cosa que horadar (con el concurso de todos los sentidos) mi capacidad de entendimiento hasta rebasar cualquier límite imaginable; puesto que la deuda que he contraído al ver esta película es sólo arte, y entonces sólo con arte la podré cancelar (o, a lo mucho, alargar esta deuda hasta el infinito).
Orlando Mazeyra
(2006)

2008/11/03

Zayvo: "No me siento viejo, pero me doy cuenta de que ya estamos más viejos. La gente está más madura"

Reencuentro: esta vez no fuimos a ver películas 'infantiles'. Si le pongo la camisa celeste y la corbata roja, él sigue pareciendo el mismo de hace 10...

PARTE I

Antes de ir a ver a Calamaro, pacté una cita con alguien que no necesita presentación: Zayvo. Él está en Arequipa sólo por algunas semanas. Pronto regresará a Alemania.

Esta es la primera parte de una conversación que tiene un segundo encuentro el día de las brujas -que siempre le gana por goleada a la canción criolla- en formato visual (con sus gesticulaciones a lo Jim Carrey en ciernes).
Todavía recuerdo que, en un rapto de inocencia, hace algunos años acepté su propuesta de ir a ver La Era del Hielo en el cine que había en el Centro Comercial La Salle… todos tenemos pecados, Zayvo... Y, a veces, parece que el tiempo vuelve hacia atrás.

¿No te jode tener que irte de tu país a buscar chamba?
Bueno, hice unas prácticas allá (en Alemania), y me gustó mucho. Entonces mi plan es adquirir un poco más de experiencia afuera: uno o dos años, y luego venir al Perú, postular a puestos un poco más altos, ¿no?

Claro, lo cierto es que te vas de acá porque no encuentras oportunidades, ¿eso es verdad o no?

No, acá sí hay oportunidades. El Perú está creciendo un montón.

Eso lo dices porque eres aprista…
No, no es por eso. Es por lo que veo. He comprado El Comercio el domingo pasado y hay harta chamba.

Siempre hay ofertas de trabajo en El Comercio, pero lo que te digo es si en verdad plazas dignas para la gente joven.

Claro, acabo de hablar con un amigo de mi promoción de la universidad. Él está trabajando en Plaza Vea y me cuenta que el primer Plaza Vea en consumismo es el de La Molina (Lima) y el segundo, aunque no lo creas, es el de Arequipa. Eso quiere decir que sí hay poder adquisitivo.

La gente sí tiene un poco de dinero como para irse a Plaza Vea, es el mismo floro de Alan García diciendo que la gente tiene celulares, ¿pero acaso hay sueldos dignos? Si lo ves tan bien al Perú, ¿entonces por qué no te quedas acá?

También estoy buscando chamba acá. Lo que pasa es que cuando terminas un estudio allá, Alemania te la oportunidad de trabajar un año en ese país. Y a mí me gustaría aprovechar ese año, al menos, para mejorar mi alemán, mejorar mi inglés, para ganar experiencia y tener más currículo.
Tú, Zayvo, eres aprista.

¡No!
Pero tu familia sí.

Sí, mi familia sí.

¿Y tú, por qué no eres del Apra?

No sé. No lo sé, la verdad. Soy simpatizante, pero no estoy inscrito en el partido.

¿Qué piensas del gobierno actual?

Está tratando de hacer las cosas bien, aunque han aparecido cosas feas como esto de los petroaudios, pero la fórmula ya está dada. Lo único que tiene que hacer el gobierno es seguir los pasos que el Fondo Monetario Internacional ha dado.

¿No te parece un gobierno igual de corrupto que el de Fujimori?

En todos los gobiernos hay corrupción y eso es un gran problema no sólo del Perú, es un problema generalizado en toda Latinoamérica. También hay corrupción en Europa, sólo que es pequeña, no tiene las proporciones que tiene acá.

Hablando de Europa, ¿qué es lo que más te gusta de Alemania?

Poder pasear en bicicleta.

¿Ah, sí?
Tienes la pista, pero a los costados siempre hay un sector especial para los ciclistas, y eso me encanta.
¿Eso es algo que nunca podrías hacer acá?

Acá tenía mi bicicleta, pero el camino es empedrado y más de una vez se me ha reventado la llanta, y, como te dije, no hay camino para los ciclistas. Acá, tienes que estar atento al tráfico, a los imprudentes… Esa es la diferencia: allá, el peatón tiene la preferencia siempre. Los carros sí paran cuando cruzan, no es como acá que no respetan…

Entonces estás diciendo que el alemán respeta más las reglas

Ese es el punto. Es un país de reglas, siempre quieren estar en orden, no quieren tener registros malos en su vida ciudadana.

Quiere decir que preferirías vivir en Alemania que en el Perú

No.

¿Por qué?

Porque yo soy peruano, he nacido acá.

¿Y eso qué tiene que ver? Uno no tiene que vivir donde nació, sino donde uno elija. O hay cosas que te atan al Perú.

Acá, tengo a mi familia, a mis amigos, la comida. ¡Tú no sabes cómo se extraña la comida!

Entonces quieres vivir en Arequipa

No sé si en Arequipa o en Lima, donde caiga, pero en el Perú…

¿Y piensas en el matrimonio o nada que ver?

No, nada. Porque primero tengo que estar económicamente estable.

Estás aplazando algo: la pareja, el planear un futuro juntos…

Bueno, eso ya viene por añadidura.

¿Y si no llega?

Soy optimista.

Pero también a veces piensas eso.

Sí, pero es un pensamiento que trato de sacar de mi mente.

En el aspecto profesional, ¿cuál es tu anhelo?

Trabajar en una empresa alemana que vaya creciendo y ojalá necesite a alguien en el Perú. Y yo feliz de la vida.

¿Volverías a estudiar ingeniería industrial?

Sí.

Nómbrame a alguien de la promo que, si no es exitoso, está camino a serlo.

Creo que hay varios.
Por ejemplo…

El Caballo (Henry Guzmán), el De Olazábal, el Jean Pierre.

También podría ser el Carlos Cáceres…

¡Claro!

Y, ¡qué difícil es ser exitoso si eres profesor! ¿No, Zayvo?

Pero, por ejemplo, el Chino Bellatín es profesor.

Pero no lo has nombrado…

Ahora lo nombro entonces. Te estoy nombrado a la gente con la que más tengo contacto, con los que más chateo, pero con el Chino Bellatín he perdido un poco el contacto.

¿Qué profesor recuerdas, qué profe te marcó?

Martín Flor era y es un gran profesor. Te podía responder cualquier pregunta, era muy capaz en su materia.

¿Qué profe no supo cumplir su función?

El profesor de física, el profe Postigo. Le faltaba mucha personalidad, no se hacía respetar.

Como el profesor Vignes.

Claro, como el Vignes…

Pero, mira, de acuerdo a tu personalidad, si tú fueras profesor, estarías más cerca del Vignes que del Flor.

Puede ser, pero uno tiene que disfrazarse.
Zayvo, pero yo te sigo viendo niño, ¿hay algo de eso o no?
Sí.
¿A qué amigo le confiarías un secreto?

A cualquier amigo de la promo.
¿Pero quiénes son buenos amigos?
El Caballo (Guzmán), el Chaparro (De Olazábal). Hay varios: el Juan (Sánchez), el Renzo (Carpio)… Es difícil, al ser tantos es muy difícil nombrar sólo a algunos.
¿Grandes pérdidas en tu vida?
Mi abuelo, cuando estaba en quinto de secundaria y fue terrible porque yo era muy apegado a él, lo quería mucho. Nunca olvido cuando estábamos en primero de primaria, él venía por la calle y me compró un algodón de azúcar, me lo pasó por las rejas… luego los demás se acercaron y se amontonaron, todos le dijeron a mi abuelo, “señor, yo también quiero un algodón de azúcar” y mi abuelo le terminó comprando algodones a toda la promo.
La muerte de tu abuelo fue tu primera experiencia cercana con la muerte.
Sí, aunque yo ya sabía que se iba a morir. Él fumaba mucho, entonces ya estaba muy mal. También perdí a un tío joven que estuvo mal del estómago. Y la muerte de mi tía, en un año nuevo, en ese mismo auto estaba mi hermana.
Esa experiencia fue trágica.
Sí, ¡terrible! Mi hermana tuvo mucha suerte. Todavía hay secuelas, pero lo importante es que se salvó.
Seguramente a partir de la experiencia de tu abuelo piensas en no fumar o no tener ese tipo de vicios.
Detesto cuando alguien fuma a mi costado. Nunca me gustó el cigarro…
¿Pero el trago, sí?
De vez en cuando, sí. Nunca he sido el más borracho ni tampoco el más sano.
Pero nos gusta…

¿Bastante?
Ahora, ya no mucho. En las épocas de la universidad tomar era de ley, los viernes en Las Piedritas. Ahora ya no.
¿Por qué? ¿Ya estamos viejos?
No sé, son etapas que vas quemando.
¿Eres católico?
Sí.
¿Vas a misa?
No siempre, pero trato de ir a misa. Trato de rezar sin necesidad de ir a misa.
¿Y le rezas a los muertos, a los que se fueron?
Siempre me acuerdo del Hermano Barcenilla que nos decía: “no recen por los muertos, recen a los muertos” para que ellos nos ayuden.
¿Piensas en la muerte?
No, en morir no pienso. Pienso en vivir.
¿Por qué hay gente que no piensa en la muerte?
Porque le tienen miedo.
¿Te gustan las actividades culturales, asistes al cine, al teatro, lees libros de literatura?
La última novela que he leído completa The Time Traveler's Wife de Audrey Niffenegger.
¿Te gusta el cine alemán?
Sí, la diferencia del cine alemán es que sus finales son más realistas que los del cine americano.
¿Por qué los alemanes son del primer mundo?
Porque son más ordenados, más sinceros, más puntuales. Partiendo de ahí, puedes darte cuenta de que no pierden el tiempo, lo valoran. Y, justamente así como tienen cualidades también tienen defectos: se estresan cuando no tienen nada que hacer. No sé si eso es bueno o malo, depende cómo uno lo vea. Por un lado, es bueno, porque siempre quieren ocupar su tiempo, tienen hambre de cultura, les encanta viajar, son campeones mundiales de turismo. Pero, por otro lado, ¿cómo te vas a crear estrés por tener tiempo libre! Eso es lo que me gusta más de nuestra cultura.
El hecho de no hacer nada es peligroso, porque uno a veces es incapaz de pensar en sí mismo.
Seguramente.
Cuando piensas en ti, ¿cuál es el gran defecto que encuentras?
Creo que me distraigo muy fácilmente.
¿Cuántas veces te has enamorado?
¿Enamorado? Unas tres veces. Aunque la verdadera enamorada que he tenido es la que tengo ahora, las anteriores no fueron relaciones tan largas y no viví con ellas casi nada.
¿Alguna vez has probado drogas?
No.
¿No tienes curiosidad?
Tal vez galletitas de marihuana. Pero nada más. No es algo que me inquiete.
¿Esta experiencia europea te ha ayudado a madurar?
Sí… yo en Arequipa era muy engreído. No tendía ni mi cama, todo me lo hacían las empleadas, me cocinaba mi abuela, yo no hacía nada. Sólo estudiaba. Allá, tienes que asumir responsabilidades, ver todas tus cosas por ti mismo.
Los primeros días habrán sido muy duros.
Sí, terrible.
Has llorado, Zayvo.
No, no he llorado.
Sí, sí has llorado.

¿Estás poniendo palabras en mi boca? (sonríe). No, ¿cómo voy a llorar? Sí he estado triste… pero no he llorado.
Reconócelo.

Un par de veces se me quebró la voz pero no quise llorar, no quise que mi mamá sepa que quería llorar.

¿Qué te quita el sueño?
Ahorita, encontrar una buena chamba.
Y luego, ¿qué viene?
Conocer a alguien.
¿Te sientes viejo?
No me siento viejo, pero me doy cuenta de que ya estamos más viejos. La gente está más madura.
Si te digo: vámonos este fin con la mitad de la promo a pegarnos la bomba en Camaná, ¿vas?
Claro. Pero eso no va a pasar. Porque la gente va a decir: “nooo, ¡no puedo!, ya quedé con mi enamoradita”.
¿A qué persona admiras, Zayvo?
¿Tú a quién admiras?
Talvez nunca te has puesto a pensar en eso…
¿Qué dijeron los anteriores?
El Sergio admira al creador del LSD...
Ja ja ja (ríe).
¿Qué persona no debió nacer?

¿Uno de los días más felices de tu vida?
Un día me dijeron que salga de la clase y me asusté, pensé que había hecho algo malo, uno nunca sabe... Y el profe me dice: “felicitaciones, has ganado el concurso de composición por el Día de la Madre, eres el ganador a nivel de toda la secundaria”. Estábamos en segundo de media y me sentí muy bien. Ese día regresé a mi casa, pero mi mamá estaba de viaje, le conté a mi abuela y ella se puso a llorar. Justo en ese momento llamó mi mamá y mi abuela y mi mamá lloraban a la vez. Y yo les decía: ¿pero por qué lloran si debemos estar alegres? Fue algo especial: mi mamá no pudo asistir a la ceremonia por el Día de la Madre porque seguía de viaje.
¿A qué le temes?
Al fracaso, a la pobreza. No le deseo a nadie pasar penurias porque eso es fregado. Hubo una vez en que estaba montando bicicleta y me quedé botado en medio de un bosque, me moría de hambre, me dolían las piernas, en esos momentos extrañas las cosas más básicas: agua del caño, un pedazo de pan.

Cuando pasas por un momento difícil, ¿cuál es la primera persona que viene a tu mente?
Mi mamá, mi abuela. Mis papás se han divorciado desde que tengo uso de razón.
En tu caso te condiciona mucho el hecho de que por lo que tus padres se divorciaron tú, ahora, no quieras casarte o te muestres escéptico respecto al matrimonio.
Tienes toda la razón, yo creo que sí. Aunque ahora como que lo veo normal. Quien dice que no le afecta está mintiendo.