Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2013/10/27

Realmente nunca me di por vencido...

2013/10/22

A punto de pisar una iglesia

Mi relato A punto de pisar una iglesia aparece en la Edición Nro.174 de Hildebrandt en sus trece (18 de octubre de 2013).

Dejé de confesarme en la secundaria cuando un cura de la iglesia de La Compañía de Jesús se mostró exageradamente interesado en las cosas que yo pensaba —aquello que mi desmesurada imaginación me proveía— cuando me procuraba placer a mí mismo. El viejo empezó a jadear, sin el menor embarazo, dentro del confesionario.
Asqueado y furioso, me juré nunca más volver a comparecer ante un cura y así lo hice.
            Sin embargo, antes de acontecimientos importantes (exámenes de ingreso a la universidad, entrevistas de trabajo, visitas al doctor u operaciones de algunos de mis familiares) le escribía pequeños textos a Dios en alguna estampita del Señor de los Milagros, la Virgencita de Chapi o del Divino Niño.
Escribirle a ese siempre inaccesible Ser Superior era una manera de confesarme sin necesidad de compartir mis miserias (“pecados” les llamaba en el colegio) con algún cura potencialmente peligroso y desagradable.
            Ahora ya no le escribo a Dios, sólo hablo con Él. Presiento que nunca me escucha. Se trata de un monólogo esquizoide. El soliloquio de una prescindible y afectada versión menor de Juan Pablo Castel.
            —Lo que escribes no es cristiano.
            —¿Y quién te ha dicho que yo quiero escribir cosas cristianas?
            —Yo no puedo estar de acuerdo con las cosas que estás escribiendo. Eso es todo y te lo estoy haciendo saber.
            —No busco que apruebes lo que escribo, ¿lo puedes entender?
            —Cada día te entiendo menos. Te estás haciendo un daño irreparable. Cuando te des cuenta será muy tarde.
            Así empezó la fractura definitiva.
(...)
Ahora que lo pienso: también escribo porque nunca podré llevar a un hijo mío al estadio.


Fragmento de A punto de pisar un iglesia 
publicado en Hildebrandt en sus trece

2013/10/21

Fin de semana en Moquegua con "Mi familia y otras miserias"

Escribe René Coayla

Hay escritores y escritores. 
Si imaginamos la literatura como un mar inmenso donde los autores nadan como peces y los encontráramos en cardúmenes de estilos, temas y variedades, entonces Orlando Mazeyra Guillén sería un pez exótico, un extraño e impresionante espécimen, una ballena blanca... de ésas de novela.

Muchos amigos me piden que les diga qué leer (¡como si yo fuera qué!), pero si alguien me preguntara ahora sobre algo bueno, les diría, sin duda, que busquen cuentos de Orlando Mazeyra. Cualquiera de sus tres libros son un viaje a una extraña diversión, superada por sus personajes dramáticos y las historias tan interesantes que imagina, -¿o vive?- este enigmático autor.
Cuando uno lo lee por primera vez a Mazeyra se queda prendado, admirado y lleno de emoción por seguir leyéndolo. La exquisitez de su obra domina el mundo actual con cadenas de sorprendente injusticia, tristeza, y amor, sobre todo eso, el más extraño, inefable y al fin y al cabo, entendible amor.
Mazeyra estuvo en Moquegua, el reciente sábado 19 de Octubre, y "Los Malos Muchachos" tuvimos el honor de presentar su tercer libro, aquí un resumen de lo que se vivió:
LLEGADA
Mazeyra pisó tierras moqueguanas al promediar las 10:30 pm del viernes 18 de Octubre del 2013. Ni bien llega a la ciudad, se hospeda en el hotel designado por la asociación. Y luego ingresa al Bandido Pisco Bar donde cena una rica pizza y comparte opiniones con Andy Badoino, nuestro mal muchacho propietario del lugar.
Al día siguiente, muy temprano, es entrevistado en el programa de las 8 de la mañana en radio Studio 97, por el periodista/amigo/asesor/director del INC/locutor Omar Benites, quien le da la bienvenida a la ciudad y conversa amenamente con Mazeyra sobre su vida y obra.
Orlando siendo entrevistado por Omar Benites, en radio Studio 97.
Junto a Mazeyra, yo, recién levantado. Se nota ¿no? 
Firmando el pirmer libro del día: el de Omar Benites.
La elocuencia y tenacidad del autor es resaltante durante la entrevista. Pero su sinceridad es triste, emotiva, amarga.
Durante la tarde, antes de almorzar, fuimos a dar un breve paseo por la "Paisajista", la misma que durante las noches de fin de semana acoge a los borrachos y parejas en affaire.
Pensando en "La poderosa", del Che.


LA PRESENTACIÓN DE “MI FAMILIA Y OTRAS MISERIAS”



Giovanni Barletti, escritor moqueguano autor de El que no corre, vuela, Dabai Chelo, dabai, y La casa amarilla, realiza la presentación del libro de Mazeyra, donde realiza comentarios entrelazados que acrecientan en el público presente la curiosidad por el extraño autor. Barletti realiza una descripción fugaz de algunos cuentos importantes en el libro. Y menciona pasajes y anécdotas que vivió con el autor durante tiempos pasados de alcohol, libros y más alcohol.
Algunos invitados: (de izq. a der.)


Vittorio Badoino, Jhener Pomacosi, Mary Causillas, César Caro.
El previo electrónico lo puso Andy Badoino.
Giovanni Barletti.
Docentes de comunicación que se apuntaron felices al evento. ¡Un abrazo a las tres!
Giovanni Barletti y Ariana Fonttis, en momentos de alegría.
Barletti presentando el libro "Mi Familia y otras miserias". Junto a él, el autor, Orlando Mazeyra Guillén.
Una parte importante de la cita: Los infaltables bocaditos y su correspondiente gaseosita. Las gracias a la familia Coca-Cola y su distribuidora en Moquegua.
El poeta Jhener Pomacosi y José Luis Ormeño Sosa, conocido muchacho malo.
"La Prosperidad Reclusa", "Mi Familia y otras miserias", y su autor.
La Banda a dúo "IRIE", alegró el after con la mejor música reggae.
Banda IRIE: Bruno Hurtado y Andy Montenegro, ambos moqueguanos.
Mi progenitora y yo, rodeando a Orlando en un abrazo duradero.
En el terminal. Mazeyra: contento. Yo: feliz. Ambos: despidiéndonos.
¡Vuelve pronto! Moquegua es tu casa.



























2013/10/17

Tránsitos (una cartografía literaria): qué otra manera tenía para defenderme


Acabo de llegar de la frontera (estuve en Tacna, donde presenté mi último libro al lado de varios narradores chilenos) y me encuentro con un envío precisamente del otro lado de la frontera: Tránsitos (una cartografía literaria). Gracias a Alberto Fuguet por el obsequio y a Felipe de la Universidad Diego Portales de Chile. 
Algunos de los textos incluidos en este enorme libro (en esta cartografía literaria) ya han aparecido en diarios y revistas de Chile y de América.
Acá un fragmento:

Ser joven nunca ha sido fácil. Ser joven y no contar con tu padre, menos. Ahora bien, todo se complica aún más si uno es joven, quiere ser escritor y anda buscando un padre por ahí. Un padre literario. Un padre a secas. Los padres biológicos, se sabe, no se eligen. Al revés, muchas veces se padecen. Con los padres literarios, sin embargo, sucede algo parecido. Uno cree que los elige, pero no es así. Se heredan, te son impuestos, uno tropieza con ellos sin estar del todo preparado. Los padres que valen son los que te forman antes de que tú mismo desees formarte. Te marcan y, muchas veces, esa huella es indeleble.
(…) Lo chicha es el regalo de Fujimori al mundo. La cultura chicha es una suma de subculturas, incluyendo la popular, la masiva, la de la sierra que bajó a la ciudad. Es el mal gusto llevado al límite. Es lo procaz, lo sensacionalista, lo analfabeto, lo chillón. Es la irrupción de las masas y el terror de las elites. La prensa chicha deja a la prensa amarilla de otros países como suplemento cultural. Estos tabloides multicolores tapizan los quioscos y los llenan de lodo fosforescente.
A Mario Vargas Llosa le quedan pocas horas antes de partir y sale a recorrer Lima en auto. El centro, la Plaza de Armas, la plaza Bolívar. Luego, el barrio chino. Más allá del barrio La Colmena, y de la vieja facultad de San Marcos («En ese edificio estudié»), los autos se detienen en la Alameda Chabuca Granda.
Unas vendedoras lo saludan cariñosas. Le cuentan que lo echan de menos, que hace falta.
Pero ustedes no votaron por mí —les responde, risueño.
Después camina hasta la orilla del río Rímac. Lo mira.
No dice nada. Pero es obvio que algo piensa. De regreso al auto, Vargas Llosa se detiene frente a un quiosco. Todo lo que ha dicho —en las conferencias de prensa, en entrevistas, en la televisión, en la presentación— se ha escuchado, y fuerte. A Montesinos, la mano derecha de Fujimori, lo trató de «criminal, ladrón y cómplice de torturadores». La prensa chicha —El Chino, La Yuca, El Ojo— ataca hoy de vuelta: «Miserable no merece ser peruano: Varguitas no quiere a su padre ni a su patria».
Otra portada:
«El escritor plagiador y enemigo del país, el español Mario Vargas Llosa, llegó al país sólo a fregar la paciencia y a incentivar aún más que Choledo la violencia».
Una más:
«Como siempre, viene, miente, insulta y se va».
VLL los mira y dice:
—Esto es una vergüenza para el Perú.
Luego mira el titular de nuevo.
—Aunque no está mal escrito —y se ríe con todos sus dientes—. Hay que reconocerlo.
***
Soy de la estirpe de los que creen que fueron criados por la familia equivocada, pero con los libros y las películas correctas. Esos tres eran los libros correctos.
Aún no se me ocurría ser escritor, todavía no escuchaba el llamado de la vocación, pero ahí dije: yo también puedo hacer esto. Lo que es falso, claro. Aún no he escrito nada como ese cuento «Día domingo» ni, menos aún, «La casa verde», pero lo importante es que Vargas Llosa me hizo pensar que sí lo podía hacer. Que lo podía imitar: su mundo es amplio, generoso, abierto, democrático, todos caben. Su mundo era su mundo, por cierto, pero también era el mío. Vargas Llosa me dijo desde muy temprano: la gente de clase media, que toma helados y va a la playa o a colegios horrorosos, también son un tema digno de transformar en arte. Úsalos. Aprovecha tu propia experiencia. No todo es imaginación febril y exuberante. Lo fascinante de Vargas Llosa es que sus libros no parecían arte, no tenían ese olor culterano y denso y, sin embargo, casi de refilón, me hacían sentir cosas. Los libros de Vargas Llosa parecían inyectados de vida.
Años después, en la universidad, Vargas Llosa me atacó de nuevo. Fue el año 1984. Ese año salió a la calle Historia de Mayta. Me pareció el mejor reportaje que jamás había leído. No podía respetar al resto de mis profesores después de eso. Entonces me lancé a su díptico sobre escritores en ciernes y periodistas con los ojos abiertos: Conversación en La Catedral y La tía Julia y el escribidor.
¿Quién era Vargas Llosa y por qué escribía esas cosas sobre mí?
De nuevo: momento justo, libros justos. Ya no cabía duda.
La vocación estaba y los planos arquitectónicos descansaban ahí, listos para ser afanados. La genialidad de Vargas Llosa es que no es un genio. Leyéndolo, uno siente que la disciplina, el trabajo y la mirada es lo que importa y la base de todo. Vargas Llosa no era un poeta, un excéntrico, un mago. A pesar de todas sus experimentaciones, lo suyo es clásico. Y, como tal, permite que todos aprendan de él. Y si uno tiene suerte, no se nota.
Esto no lo pienso yo, solamente. Cada día me topo con más hermanos que me dicen —que sienten— prácticamente lo mismo. Son pocos los padres que permiten eso. Darte tanto y, a la vez, dejarte libre.
Si Vargas Llosa hubiera sido elegido presidente dudo que hubiera logrado hacer lo que hizo, desde un puesto mucho más abajo, acá en la república de las letras. Vargas Llosa democratizó la literatura y les dio oportunidad a todos para que creyeran en sí mismos. Sólo por eso, que no es poco, estaré siempre agradecido y en deuda.
Mi impresión es que no soy el único. Yo, que partí solo, me he ido dando cuenta de que tengo muchos más hermanos de lo que imaginaba. Somos muchos, y estamos en todas partes.
***
El sol ya se puso, pero aún queda una luz flotando arriba del frío Pacífico. La calle es angosta y está resbaladiza por la niebla y el mar que salta sobre ella. La larga calle —pareciera que no terminara— separa el mar del muro del Colegio Militar Leoncio Prado. Es como si el colegio se cayera directamente al mar. El viento azota el muro pero no lo bota.
—Está de otro color —dice Vargas Llosa—. Y los muros están más altos.
Los guardias lo dejan entrar. Saben perfectamente quién es. El permiso ha sido autorizado. Que ingrese. Debajo de la estatua de Leoncio Prado hay unos perros. Es la hora del cadete. En medio de la niebla oscura, se escuchan las voces roncas, escupiendo invectivas contra los chilenos.
El avión partirá pronto. Es hora de irse. Ya está oscuro.
Los cadetes marchan hacia el rancho.
—Yo no hubiera sobrevivido aquí ni un día —comenta alguien.
—Por eso me puse a escribir —dice Vargas Llosa.
El viento barre su voz y lo silencia.
—Qué otra arma tenía para defenderme.

2013/10/15

Presentación en Tacna: miércoles 16 de octubre 6:30 p.m. en el Café Zeit


Estaremos Café Zeit (calle Deustua 150) de la ciudad de Tacna,  el miércoles 16 de octubre a las 18:30 horas, en la presentación de Nunca salí del horroroso (Relatos sobre la violencia en Chile) que edita Cinosargo de Chile y Literal de México; y, luego, presentaremos mi último libro Mi familia y otras miserias junto a Daniel Rojas Pachas.


2013/10/05

Mi familia y otras miserias: un excelente anti-manual de cruda realidad


Escenificación del cuento "Solosín". Dirección: Héctor Cornejo Belón. Actuaron Martha Rebaza y Rody Núñez.
Por Iván Montes Iturrizaga[1]
Publicado en Lima Gris:http://www.limagris.com/?p=12915

Debo confesar —y antes de comenzar con mis comentarios— que no soy un literato ni mucho menos un crítico especializado de este mundo; soy solamente un psicólogo que publica estudios sobre el tema educativo y con una ferviente vocación por escribir crónicas, breves relatos y artículos de opinión.
Me centraré en solo tres grandes dimensiones acerca de esta obra de Orlando Mazeyra Guillén: el estilo, el contenido y las implicancias de este texto.

El estilo

He leído con grata sorpresa este texto que pinta de cuerpo entero a Mazeyra como un escritor maduro con características propias y una identidad particular a pesar de sus influencias «vargallosianas» que él mismo ha explicitado en varias ocasiones. Pero, bueno, el estilo es un sello personal y la única forma en que sea posible que dos personas tengan el mismo estilo es que hayan transitado por la vida de la misma manera, o mejor dicho, que la hayan sufrido igual. Algo realmente imposible.
Orlando Mazeyra Guillén es lingüísticamente preciso, lo cual es diferente a ser un economizador de palabras. Cuando alguien hace economía está siendo avaro. Cuando se es preciso, simplemente uno es justo. Pero, para alcanzar esa justicia en términos literarios, es necesario narrar como fotógrafo, lanzar las palabras sin divagar y ponerse en el lugar de quien leerá el texto. A esto último, Daniel Cassany denominó como el estilo del lector y no es más que una forma de empatía, donde quien escribe asume una  intención comunicativa permanente y, por ende, se preocupa por ofrecer detalles, información y alcances suficientes para lograr la tan ansiada comprensión (la antítesis de este estilo, digamos, entendible, la encarnó el psicoanalista francés Lacan, quien, con mucho esfuerzo, desarrolló un estilo esotérico solo comprensible por él mismo). En este caso, Orlando Mazeyra escribe con un refinado estilo de lector y me imagino ya que no he conversado acerca de esto con él que su responsabilidad no está tanto en que si causará heridas a alguien, sino más bien, en dejarse entender.
Es limpio en la expresión y a eso le podemos sumar la musicalidad con que remata sus párrafos, a través diversas cadencias que lo hacen un narrador que invita a la lectura sostenida. No encontramos baches comprensivos a pesar de apelar a recursos muy propios del habla coloquial limeña y arequipeña. Igual, de haber unos cuantos —me refiero a esos baches— no hay nada que no se pueda arreglar con una pizca de «cayetano».
Otro valor importante en esta obra es la honestidad. Pero no en el sentido de que lo cuenta todo y no se calla nada. No, eso no es, al menos para mí. Esa no creo que sea la intención. No es crónica, pues no es 100% autobiográfica; tiene, por supuesto, componentes autoreveladores expresados por él mismo, pero en una amalgama armónica con la ficción. Esta obra es honesta, pues estos relatos nos dejan perplejos con algo que nos parece totalmente real y, además, muy sentido por quien narra.  Solo él sabrá qué es ficción y qué es realidad. No obstante, todo es tan honesto que, hasta lo más estremecedor o nublado, configura una posibilidad en el autor, en nosotros o en los otros. Es honesto, pues se percibe que está escribiendo desde él, desde su historia y desde su sentir íntimo: desde ahí es muy honesto incluso transitar por la ficción.

El contenido

El primer contenido es el título Mi familia y otras miserias. Bastante sugestivo y que sintetiza muy bien cada uno de los relatos. De hecho, que si me hubiera pedido consejo, nunca Mazeyra habría recibido un: suaviza, hermano, suaviza un poquito la cosa. Al contrario, lo más probable es que le haya ayudado a subir el octanaje al rótulo de su obra.
Ya en los relatos tenemos así de sugerentes a cada uno de sus títulos y sus respectivos desarrollos. No me gustaría entrar en alguno de ellos en detalle; quizá me vaya de boca y se los termine contando del todo. Eso no pasará, pues me encantaría que disfruten como yo de la totalidad sin perderse de nada. Solo, a vuelo de pájaro, hablaré de algunos momentos que me cautivaron como lector. 
Esta obra se inicia con el relato «Mi primera máquina de escribir». Ahí retrata a un padre en su lado más oscuro y sin dejar un solo espacio para ver una luz de bondad. Así somos, pues, los seres humanos: tan complejos que tendemos a simplificar la vida y a las personas por aquello que los destaca. Aquí citaré una parte para que me entiendan:
Nunca ocurrió: mi padre nunca me enseñó a conducir. Lo que sí me regaló —y hasta el hartazgo— fue una vida en tinieblas: por las noches bajaba la palanca de la luz cuando la ira lo exoneraba del llanto. Nos cortaba el servicio eléctrico solo para descargar en nosotros —su esposa e hijos— toda su rabia e impotencia: «Esta es mi casa y aquí mando yo. Ahora pues, díganle a su madre, que tanto los engríe, que les dé luz» (p. 16).
Para mí, este fragmento grafica y es el hilo conductor de la obra. Las tinieblas del hijo que sufre, la madre querendona y sobreprotectora —en posible acto compensatorio—, el padre telúricamente autoritario y, por supuesto, el marco familiar que en ocasiones sostiene el caos que desea evitar. No hay nada muy diferente a nuestras familias, así somos, o así hemos sido, aunque sea en algo pequeño. Nadie se escapa de no identificarse. La ventaja es que ahora el valiente Orlando Mazeyra Guillén nos hace el trabajo más fácil: simplemente reconocernos o reconocer a los otros.
El relato «Cartas cerradas» ilustra con claridad las confesiones de amor y el diálogo interior de quien inició estas misivas: un tal Castañeda, cuarentón y, al parecer, invicto en los quehaceres amatorios. Esta parte me pareció fenomenal y es la que prepara al lector para un final inesperado que, por razones obvias, no les contaré:
Estuve a un tris de abrir esta carta de marras, cuando se me encendió el foco; no era azar, sino más bien una extraña superstición. En estas cartas había (o empezaba a haber) un juego secreto. Un acertijo. Algo subrepticio. Me convencí de buenas a primeras de que si rompía alguna de las cartas todo se evaporaría para siempre. «No me puedo permitir otra decepción amorosa». ¡Y menos con Esther! Estoy segurísimo que ella es la indicada” (p. 61).
El monólogo interior, la confabulación consigo mismo y la riqueza psicológica de los personajes están presentes en toda la obra de Mazeyra. Pero no todo en sentido penoso. Hay pasajes realmente hilarantes y que abundan en lisuras —o «voces mal sonantes», según la Academia— que, para quienes tenemos pocas ataduras moralistas, resultan ser en contexto muy graciosas. Por ejemplo, en «La Compañía de Jesús» encontramos a Martín; un «amigo» consejero que ilustra al protagonista —necesitado de dinero—  acerca de cómo incursionar en el mundo de los «fletes» —una forma de prostitución varonil mayormente nocturna que se caracteriza por su esencia «todo terreno» en pro de una buena paga.
Así tenemos:
Un flashback perentorio acudió en mi ayuda. Claro, ¡era Martín!, recordándomelo: «Para ser un flete de veras, un flete con todas las de la ley, tienes que estar dispuesto a abrir tu mente. En otras palabras: jugar con las dos piernas, ¿captas o te la paso en limpio? A veces son tíos, viejos arriolas que se plantan para que te los atores y con los que puedes sacar hasta un sueldo básico en una noche. No te estoy exagerando, esos son los más regalones. Mente abierta, loco, lo demás se arregla conversando» (p. 110).

Las implicancias

Con sinceridad, les confieso que estoy bastante aburrido de los libros de autoayuda y de superación personal que tratan de inculcarte formas de ser y hacer desde la bondad humana. Estos libros son tan desinfectados que, a la larga, te dejan en el limbo y seguramente peor de cuando empezaste a leerlos. Son muchas veces textos cargados de frases que exaltan las virtudes humanas a tan elevado nivel que al final no sabemos cómo encarnar eso sin ser ángeles del cielo. Por suerte, el libro Mi familia y otras miserias es para mí también uno de autoayuda, pero a la inversa, y con pleno sentido de lo real; pues advierte al lector —padre o futuro padre de familia— de los daños que puede ocasionar si es que asume el desorden tripartito como patrón de vida: pensamientos demandantes y autoritarios; emociones negativas y sobredimensionadas; y, conductas poco ajustadas.
Este libro no juzga a un padre ni tampoco al hijo. Menos aún santifica a una amorosa madre. Solo presenta a una familia con y desde sus «miserias», como dice el título. Podría pecar de atrevido —y creo que en eso también me parezco al autor—, pero en términos psicológicos, y como psicoterapeuta que soy, considero que este es un buen aporte a lo que conocemos como biblioterapia. Una estrategia donde se les entrega a los pacientes o clientes textos que quizá les permitan darse cuenta de las cosas o aprender formas diferentes de ser. Particularmente, yo recomendaría esta obra como un anti-manual de cruda realidad para padres, madres y jóvenes; una especie de: «si haces esto, entonces mira lo que pasará a tu alrededor». O, también, nos puede conducir a la comprensión del sufrimiento interior, la incertidumbre y el vacío que, por lo general, duele más cuando estamos acompañados.
Arequipa, 3 de octubre de 2013




[1] (Lima, 1968). Presidente de la Universidad La Salle de Arequipa. Psicólogo de la Universidad Ricardo Palma y Doctor en Ciencias de la Educación de la PUC de Chile. Desde 1990 ha publicado sus artículos sobre el tema educativo en revistas como Oiga, Signo Educativo, Clase Maestra y Pedagógica, entre otras. Asimismo, ha sido colaborador de periódicos como El Pueblo, Correo, Arequipa al Día, Diario Noticias, El ComercioLa Voz. También, tiene publicaciones en revistas científicas y en memorias de congresos especializados en Estados Unidos, México, Chile y Perú. Es autor de 13 libros relacionados con las temáticas de los estándares educativos y sistemas de medición. Viene trabajando en su primera novela.

2013/10/03

Presentación de "Mi familia y otras miserias" en la FIL: jueves 3 de octubre (4 p.m.)

Diseño de cubierta: Omar Suri
Día: jueves 03 de octubre
Fecha: 4 p.m.
Lugar: Auditorio Oswaldo Reynoso - Feria Internacional del Libro (parque Libertad de Expresión).

Programa:
Escenificación de uno de los cuentos del libro Mi familia y otras miserias en el auditorio Oswaldo Reynoso de la FIL Arequipa. Dirige: Héctor Cornejo Belón. Actúan Martha Rebaza y Rody Núñez

Presentación del libro a cargo del Dr. Iván Montes (presidente ULASALLE), Gabriel Ruiz Ortega (escritor, crítico y librero) y Carlos Rivera (presidente de la Asociación Cultural La Casa de Cartón). 

SOBRE ESTE LIBRO:

«Los cuentos de Mi familia y otras miserias me parecen duros, concisos, bien contados. Se ve la chispa rebelde que los inspira y la fuerza con que están escritos; también la raíz vargasllosiana y esas ganas de vencer las presiones ambientales y familiares. Dan ganas de leerlos, de llegar al final, de saber qué va a pasar. Nunca sé si es buen consejo animar a la gente a escribir (en estos cuentos se refleja lo riesgosa que es esa decisión), pero en el caso de Mazeyra es evidente que debe hacerlo.»  
Carlos Granés, Cátedra Vargas Llosa

«Los cuentos me parecen impactantes; resulta realmente muy perturbadora la manera en que el autor une los ámbitos familiares con la más absoluta sordidez. El relato "Es mejor hacerlo con agua mineral" me pareció estremecedor.»
Martín Kohan, Premio Herralde 2007

«Orlando Mazeyra tiene el nervio de los escritores de raza. Su relato "Mi primera máquina de escribir" es intenso y conmovedor, y dejará en el lector una huella imborrable.»
Fernando Ampuero

«Mi familia y otras miserias resulta un interesante retrato de esa tan peculiar familia (el tío esquizofrénico, la tía solterona, etc.) y testimonio de la formación como escritor del propio Orlando Mazeyra.»
Javier Ágreda

«Mazeyra en definitiva, construye diálogos, momentos y vidas que nos llevan a reflexionar e interrogarnos del mismo modo que él en calidad de autor indaga en la cuarta dimensión de su oficio y los procesos de escribir… porque, por si no lo saben, en la ficción —la ficción genuina, por supuesto, que es la que aspiro a escribir— cada golpe va sobre uno mismo.»
Daniel Rojas Pachas

Más acá:


2013/10/02

Los nueve cuentos de Nena

Una niña, mientras maquina la venganza perfecta contra su hermano, se pregunta por qué él es tan matón y, sobre todo, consentido. Eso, al parecer, es lo que más la confunde e irrita: ¿Por qué la madre de ambos nunca lo riñe o castiga como sí lo hace con ella? Este primer cuento (de los nueve en total que trae el libro Nena), es un «plan maestro», no sólo por el título que eligió el autor, sino por cómo éste dosifica la información, algo que Ernest Hemingway llamaría el «dato escondido». En esta historia apenas accedemos a la punta del iceberg cuando la madre le pide al muchacho que le diga de una vez quién era aquel señor que lo abordó. ¿Quién era? ¿Qué le dijo? ¿Qué le hizo a su hijo ese extraño sujeto? El lector se encuentra con más de un plan maestro: venganzas, traumas y desdicha; todo sazonado con una prosa sobria que muestra, pero que también sugiere, esconde.
El segundo cuento se titula «La captura». El personaje principal se llama Leopoldo, y no ve la hora de llevar a cabo la captura de una escoria social. El narrador, a través de los ojos de Leopoldo, escudriña al mesero, un sujeto de unos sesenta años al que los clientes ignoran o, en todo caso, miran con desprecio. Leopoldo llega a la conclusión de que aquel mesero refleja perfectamente lo que era ese huarique: algo mísero, sombrío, toda una ruina (p. 24). Adjetivos válidos para describir, en muchos casos, a los personajes que desfilan en los nueve cuentos de Rivera de los Ríos: seres sombríos, miserables, en fin: ruinas humanas que general repulsión, y a la vez, gracias al pulso narrativo del autor, nos seducen.
En «El puente y la ardilla», tercer cuento del libro, Klaus acude a una fiesta en el ex club Alemán (hoy restorán El Montonero). Allí tiene una cita con el destino: será, pues, una noche de ajustes de cuentas con un amor contrariado: Sofía. Aquí es preciso resaltar la buena disposición de los diálogos en este libro, pues siempre dan un paso adelante en la historia, enriqueciéndola, y nunca funcionan como un mero relleno, ni mucho menos como un estorbo. Sofía sabe algo de las imposturas de Klaus, un mitómano que, según ella, «inventa mentiras para hacerse el importante, el misterioso, el sufrido» (p. 42). Este cuento habla sobre las mentiras piadosas y también las otras: las escabrosas. Personalmente, vuelvo a confirmar que todos somos mentiras, empezando por Alex Rivera de los Ríos, por supuesto. Y las mentiras que hay en este libro nos sacuden. 
«Invencible y sanguinario», el cuarto relato del volumen, aborda tormentosas relaciones homosexuales, en este caso, entre un turista y alguien que no llegaría a calificar como «brichero». Para la gran mayoría de los seres humanos, igual que para el gringo de la historia, la vida es una confusión total, y la escritura de ficciones como las de Nena constituyen viajes sin un destino exacto, huir de los demonios o comparecer ante ellos. 
Para Álex Rivera de los Ríos su escritura es un amuleto, una satisfacción, y quizá, como ocurre con el gringo, su forma de ocultar la congoja y la cólera por una vida frustrada. Decía Mario Vargas Llosa que todo escritor peruano es, al fin y al cabo, un frustrado, un fracasado.
Me detengo en este cuento, porque una concisa pero bastante pedagógica mirada del foráneo nos remite a ese país que para algunos prospera y para otros, entre los que me incluyo, se está yendo al demonio: «A Richard lo conocí en alguna ciudad del Perú, ese país que ha dejado de ser el profundo y bello lago de historias, leyendas y riquezas que al comienzo me provocó conocer, y que pasó de pronto a convertirse en una horrible amalgama de urbanizaciones y edificios deprimentes, vomitados por la contaminación y subdesarrollo» (p. 49). Este último es un magnífico brochazo para describir a nuestra caótica Ciudad Blanca: una horrible amalgama de urbanizaciones y edificios deprimentes, vomitados por la contaminación y el subdesarrollo.
Entiendo que «Nena», el cuento que le da título al primer libro de Álex Rivera de los Ríos, es quizá su ficción predilecta. No lo sé, pero la dedicatoria ya nos da algunas luces: «A la memoria de Edmundo de los Ríos». El narrador de la historia cuenta que alguna vez le dijo a la Nena: ¿nos ayudas a inventar un nuevo juego?, sin imaginar que ella ya era experta en esas lides. Es decir, jugar a las mentiras, ficciones orales que, contrabandeadas como reales, le otorgaban a la Nena muchas vidas, muchos pasados, o para ser precisos, muchas madres. Los inofensivos juegos de la niñez, como policías y ladrones, bata o la pesca-pesca son reemplazados por las mentiras, nunca gratuitas y jamás inocuas de la ficción: la Nena solía inventar historias de todo tipo y este cuento duro, triste y sobrecogedor, habla sobre nosotros, nuestros más ocultos secretos y de los miles de antifaces que, a medida que crecemos, utilizamos no sólo para soportar la vida, sino para evitar que los demás accedan a nuestras vergüenzas, o puedan hacernos daño.
Del mismo venero que «Nena» parece haber brotado el relato titulado «Mi cualquiera», el sexto de la colección: amores lésbicos. «¿Y por qué no te has ido con uno de esos galanes que se te insinúan a cada rato?», le pregunta una a la otra, y la respuesta nos mantiene pegados a la historia: «Porque me gustas tú. Porque me miras y me haces sentir más mujer que todos los hombres con los que he estado. Porque contigo no me siento impresionada, sino libre, completa» (p. 72). Es mediante estas historias que el autor escapa de las presiones sociales, para ser un espíritu libérrimo.
Ya que hablamos de la libertad del creador, podemos acercarnos a «Simoné», así se llama la esposa del narrador, ella sufre de migrañas y cuando habla de un viaje a la playa exuda otro viaje más intenso y envolvente, el viaje a la ficción, aquél que nos hace ser auténticamente libres: «Ahora ya no siento más tormentas en mi mente», le confiesa Simoné a su marido: «Ya no siento rencor ni asco de mis defectos. Estamos juntos y ahora sé que nunca más te dejaré. Somos una familia, y tú dependes de mí. Eres mío» (p. 83). Un comentario, en apariencia grato, trasunta la relación entre el autor y acto creativo, la única forma en que uno encara sin rencor ni asco sus defectos: los cuentos son como nuestros hijos y estos nueve vástagos de Alex Rivera de los Ríos revelan a un autor con una propuesta auspiciosa.
«El beso», es la penúltima narración de este libro y quizá el menos interesante de las nueve historias de la colección. No por eso debemos dejar de reconocer la solvencia de los diálogos para contar una historia sobre la vocación por la figuración: el sueño de ser artista a toda costa y «triunfar»… siempre entre comillas.
«Better man», cierra con broche de oro esta magnífica primera entrega de Rivera de los Ríos. Y confieso que tengo una vieja predilección por los personajes desadaptados, aquellos que ocultan anomalías mentales, para decirlo con cierto decoro (o quizá no tanto). Serafín quiere ser un hombre bueno pero la vida lo supera y el infierno está empedrado de buenas intenciones. ¿Hay mejor manera de disfrutar de un cumpleaños que viendo un excelente partido de fútbol? Seguro que sí. Pero Serafín no es normal. Es una bomba de tiempo que entraña reacciones descomunales. Si me permiten una confesión: siempre he creído que el fútbol es una locura efímera y benigna (si uno no termina convirtiéndose en barrabrava, por supuesto). El fútbol «nuestra pavada insigne», sentencia Martín Caparros nos roba el cerebro durante noventa minutos y un poco más y, si nuestro equipo gana, como hoy lo hizo el FBC Melgar en Moyobamba, entonces acariciamos el cielo.
Álex Rivera de los Ríos, a través de estas nueve historias, me ha hecho disfrutar de más de noventa minutos de placentera lectura.
La relectura de Nena de esta mañana me ha permitido corroborar que estamos ante un autor que ha debutado con el pie derecho (yo, que soy zurdo, acudo a ese lugar común que discrimina a los mejores del mundo como Maradona y Messi): aquí no hay goles de media cancha, pero sí jugadas bien elaboradas, paredes y gambetas, recursos narrativos que hacen gala de la pericia y el buen oficio del autor: la prosa es segura y las imágenes logradas, algo inusual en un narrador tan joven como él. Claro que hay algunos errores que antes se llamaban «mecanográficos» y que el editor, Arthur Zevallos, debió corregir para evitar los gazapos que aparecen en buena parte de las historias. Sin embargo, esto no desmerece en absoluto la calidad de Nena. A través de la lectura de estas ficciones he descubierto a un verdadero hermano de las letras (es difícil encontrar hermanos de sangre en esta comarca literaria plagada de laureados posetas): la narrativa de Rivera de los Ríos coquetea con la tentación del fracaso y, algunas veces, le abre las piernas… cuando le da la gana se va a la cama con él.
Como ya dije, la ficción cumple las funciones de un amuleto para que, así, el autor pueda conjurar las desgracias que persiguen a los personajes de sus historias: hombres violentos, individuos castigados por el destino, mujeres tan intrigantes como mentirosas. La mentira al servicio de un fabulador. En muchos casos, hay un soterrado ejercicio de ficción sobre la ficción, es decir, metaficción, si me permiten el término.
Como se habrán dado cuenta, no soy académico ni mucho menos crítico literario. Lo único que soy (o intento ser) es un contador de historias. Y acá estoy tratando de contarles que este libro es apenas el cimiento donde seguramente se erigirá una catedral.