Advertencia para el lector

«Rechazado o aceptado, perseguido o premiado, el escritor que merezca este nombre seguirá arrojándoles a los hombres el espectáculo no siempre grato de sus miserias y tormentos.»
Mario Vargas Llosa, La literatura es fuego.

2008/10/31

¿Vamos?


Two jumps in a week I bet you think that's pretty clever don't you boy?
Flying on your motorcycle
Watching all the ground beneath you Drop
You'd kill yourself for recognition
Kill yourself to never, ever stop
You broke another mirror
You're turning into something you are not
RADIOHEAD: High and dry

-Espérate un ratito -me dijo tomándome de la cintura y con una mirada falsamente severa, cuando yo estaba a punto de entrar a la universidad-, tengo que decirte algo sobre lo nuestro.
Sentí un alivio que supe ocultar con un gesto inexpresivo: hacía una semana que no lo veía.
-Ya son las nueve y tres, Ernesto -le avisé alejando sus manos de mi cuerpo-; si me retraso no me van a dejar entrar a la clase de Pediatría.
-Dame cinco minutos, cinco minutos y no te jodo más, Marissa.
“No te jodo más”, repetí mentalmente y esas cuatro palabras rebotaron en todos los rincones de mi pasado. Ya estaba harta de escucharlo articular la misma frase. Desde hacía mucho tiempo, el “no te jodo más” adquiría en mi vida un significado totalmente opuesto: muy a tu pesar, Marissa, te voy a seguir jodiendo toda la vida.
Era cierto: ambos lo sabíamos muy bien. Él siempre me iba a seguir jodiendo; y yo -fiel, necia y obcecada-, iba a seguir dejándome joder. Y es obvio que cuando digo “joder” no me estoy refiriendo a otra cosa que al sexo más salvaje: a acostarnos donde nos coja la noche, revolcarnos en algún hotel de los alrededores de la universidad, encerrarnos en el baño de mi casa o masturbarnos simultáneamente dentro de su cochera.
-No he dormido nada, Marissa -me confesó como culpándome de sus llamativas ojeras-. Estoy muy intranquilo. Quiero empezar todo desde cero.
-¿Desde cero? -le pregunté ironizando- Desde cero amiguitas, desde cero borracheras, desde cero plantones, desde cero maltratos, desde cero insultos, desde cero…
-¡Cállate quieres! -exclamó muy molesto.
-¿Lo ves? ¿Eso es empezar desde cero? ¿Empezar desde cero es gritarme?
-Es que tú no me dejas, Mari. Pones trabas, no quieres que nos demos una nueva oportunidad.
-Lo único que quiero es que no me jodas más, entiéndelo de una vez por todas, Ernesto.
Me miró en silencio. En ese instante, yo quise dejarlo y entrar a la universidad, pero sensaciones que nunca podré definir con palabras me imantaban hacia él; sentía, hasta el más ciego convencimiento, que era más edificante matar el tiempo contemplándolo, tocándolo con los ojos, que escuchar la aburrida clase de Pediatría del profesor Mazeyra.
-¿Vamos? -inesperadamente estalló la pregunta con la que él aprendió a doblegarme, a ganarse mi ciega obsecuencia, desde el día en que nos vimos por primera vez en la puerta de El Cyrano. Eso fue hace cuatro años, su cara era la misma. Al parecer, nada había cambiado: siempre tenía las palabras exactas y los gestos precisos para someterme, para adueñarse de mi libertad y docilizarme de buenas a primeras. El decía estar a mis pies, pero, para variar, era al revés: yo era la que se arrastraba por un amor no correspondido.
-No puedo -le dije asustada-. Ya tengo que irme. Mañana es mi examen de ingreso a la universidad.
-Pero si nos acabamos de conocer, Marissa -alegó él, llamando con la mano al mozo de El Cyrano-. Tres cervecitas más y nos vamos, ¿o me quieres dejar plantado?
-Yo no te estoy plantando -le aclaré juntando las cejas-. Mira, hagamos una cosa: el sábado yo te invito esas tres cervezas. Así hablamos con calma y nos conocemos mejor, ¿qué dices?
-Así nomás. Ya no tengo ganas de conocerte. Además, vas a ser médico… Los médicos no tienen tiempo para tomar cervezas, ¿no?
-No te pongas en ese plan, Ernesto. Yo quiero que sigamos saliendo.
-Vámonos, vámonos. No vaya a ser que mañana llegues tarde a tu examen de ingreso y me culpes a mí.
-¡Qué injusto eres, Ernesto!
Se puso de pie y se dirigió a la barra. Pagó y salió del local. Yo corrí detrás de él. Lo alcancé e hice lo que nunca había hecho con ningún hombre, le di un beso en los labios.
Sonrió y me pagó con otro más intenso.
-¿Vamos? -preguntó y supo que yo, a partir de ese instante, ya era otra más de sus pertenencias.
-No, no voy a ir contigo a ningún lado -le dije levantando la voz ante las sorpresa de los universitarios que salían y entraban al campus-. Ya te dije que tengo clases.
Se subió a la moto y me miró con rabia. Yo entré a la universidad, y angustiada, lo sentí arrancar.
Ni bien di otro paso, me arrepentí. Por gusto, ya era demasiado tarde. Ahora no sé qué hacer. Quiero ubicarlo. Tiene el celular apagado. Lo he buscado en El Cyrano y no está. ¿Estará acostándose con otra chica?
Esta relación que llevamos me enferma, sacude todos mis sentimientos y agolpa los presagios más horrendos que una mujer insegura pueda imaginar. Me está matando de a poquitos. Pero, a la vez, es lo único que me da vida y fuerzas para seguir adelante.
Me digo que terminaré la carrera e inmediatamente me iré al extranjero (para no volver más). Ahí haré mi vida y conoceré a hombres de valía. No me lo creo, ¡nunca me lo creeré! Estoy enferma de amor, o quizá de estupidez, he perdido la sensatez. Sólo quiero escucharlo, sentir el ruido de su moto, erizarme con sus jadeos sobre mis pechos. Lo quiero cerca, acá y ahora, tirando de mis labios con sus dientes, merodeando por entre mis piernas, para que sepa, una vez más, que lo único que quiero -y espero- es que me diga “¿vamos?”, y sin importar un sí o un no, me joda, y cuando se le acaben las fuerzas… me siga jodiendo.

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